141404 – La educación del presente – Luis Guirin, Abril 2014


Pensar la educación del presente, implica reconocer que la escuela surgida de la revolución burguesa, con su formato institucional y espacio fundamental de aprendizajes durante dos siglos, no fue pensada ni preparada para sustituir a las familias y a la sociedad en la adquisición de habilidades para la vida. Las responsabilidades por el llamado fracaso educativo son compartidas entre la institución educativa, la familia y la sociedad y nos involucra a todos sin excepción. Atravesamos una crisis que llega a las profundidades culturales y civilizatorias. Ninguna reforma educativa ha respondido a la complejidad y diversidad de dificultades y situaciones institucionales, al contrario, ha crecido la desconfianza y el caos entre los actores involucrados, y lo peor es que no hay diálogo que construya colectivamente. Por eso vale preguntarse qué sucede realmente en las escuelas, qué piensan los gestores de políticas educativas, qué piensan y sienten los estudiantes, los educadores, las familias.

Pensar la educación del presente, es preguntamos: ¿qué es y para qué debemos aprender? Se entiende por la actividad de aprender la capacidad intrínseca de crecimiento interior del ser humano, asimilando lo esencial de las experiencias, vivencias, conocimientos, significativos y relevantes, apropiándose de ellos para su posterior utilización en beneficio propio o del prójimo. El ser humano aprende durante toda la vida, desde el momento de la concepción hasta en la propia instancia de la muerte. Es una actividad permanente que puede ser más o menos conciente. Todos los integrantes de la sociedad transitamos procesos de aprendizaje. Todos, sin exclusión, somos aprendientes de la vida, que es la escuela de todos.

Pensar la educación del presente, como conciencia colectiva y sistémica que construye y aprende, es preguntamos quién y cómo es hoy ese ‘sujeto educativo’ sobre el cual imaginamos e implementamos un proceso de aprendizaje. Preguntas ineludibles y creadoras (qué y para qué aprender, de qué manera, con quién, dónde, cómo, en qué tiempos), que intervienen como los fundamentos éticos y conceptuales para dialogar y construir con todos los actores, que representan una diversidad de necesidades, intereses, propósitos, creencias, intencionalidades, expectativas, especificidades étnicas, culturales, religiosas, etc.

Pensar la educación del presente es aceptar la realidad compleja del mundo que habitamos, con sus bellezas naturales y logros tecnológicos y con sus miserias y horrores humanos. Cada uno de nosotros es un ser en el mundo del aquí y ahora y el mundo es lo que es, nos guste o no. La realidad de nuestras sociedades debe ser mostrada sin vergüenza ni fanatismos, sin prejuicios ni posturas reduccionistas. Si, es cierto que existen contrastes vergonzosos en lo social y en el acceso a oportunidades, que en nuestra ciudad se ha instalado la inseguridad y la pobreza como males supuestamente ajenos, que existe corrupción, injusticias, inmoralidades, falta de sensibilidad y de sentido común. También es cierto que existe un entramado de instituciones y grupos de pertenencia en la sociedad civil que siguen construyendo ciudadanía en forma cotidiana, con paciencia y constancia, que luchan e insisten en encontrar soluciones a sus problemas y dificultades, que buscan vías de acceso a derechos y oportunidades que reconocen como propias. Es una red visible, presente, solidaria y siempre dispuesta a la construcción colectiva, pero a la que el poder político procura invisibilizar, utilizarla para sus propios fines, conformar con discursos, espejitos y cuentas de colores.

Pensar la educación del presente es reflexionar sobre el nuevo paradigma de la humanidad, la concepción del ser humano en el mundo. Es revisar la matriz del pensamiento humano, identificar el paradigma ‘padre-madre’, que algunos le llaman el ‘paradigma de los Derechos Humanos’, como concepción que incluye la diversidad, la complejidad, la aceptación plena del otro. Un ser humano constituido en su esencia de varios planos de existencia que conforman una unidad (físico, mental, emocional, espiritual). Individuos con todos los derechos para vivir en libertad, con conciencia, voluntad y responsabilidad para actuar sobre sí mismo y sobre su entorno.
Pensar la educación del presente implica aceptar aprendizajes que son esenciales para la vida humana, el conocimiento sobre sí mismo, el conocimiento del ‘otro’, de la naturaleza y del cosmos. Necesitamos aprender habilidades y aptitudes para potenciar la escucha y el diálogo, la resolución amigable de situaciones conflictivas, la solidaridad y la cooperación. La prioridad es aprender habilidades para la vida, y la vida no se reduce a tener un empleo, pagar las cuentas a fin de mes y votar cuando hay elecciones. Todos estamos llamados a aprender habilidades para la vida, como la necesidad universal y prioritaria del presente, empezando por el autoconocimiento del quién soy, y del contexto en el cual me encuentro, a través de conocimientos útiles y pertinentes y las vivencias asociadas. Todos debemos aprender a vivir en comunidad, cerca y junto a otros seres humanos, compartiendo problemas y soluciones, aprendiendo juntos.
Pensar la educación del presente es aceptar que los niños de hoy tienen una mayor capacidad que los adultos de orientarse y utilizar la diversidad y la complejidad del mundo tecnológico de hoy. Según la neurociencia, por ser ‘nativos tecnológicos’ su cerebro funciona en red y es más rápido y preciso. Aprenden de una manera diferente, utilizan creativamente la tecnología para aprender.

Pensar la educación del presente es aceptar que la sociedad hoy se organiza, se relaciona y se comunica cada vez más a través de las redes, personales y sobretodo virtuales. Diversas redes sociales que se van conformando y evolucionando en forma continúa, diversa y rápida, donde el flujo de informaciones y conocimientos fluye y cambia en forma permanente. Para funcionar y proyectarse, las redes recurren a los principios de la cooperación, universalización, la construcción en común, el respeto a la diversidad, la equidad, y en esa dinámica construyen una ética que implica al colectivo, y se transforman en ámbitos privilegiados para los aprendizajes y para la construcción de ciudadanía.

* Luis Guirin, sociólogo, trabaja en Vida y Educación en Barros Blancos.

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