140911 – Para leer: “Construir educación”, de Luis Guirín


Construir educación

¿Cómo educamos a las nuevas generaciones? ¿Qué le ofrecemos a niños y adolescentes como proyecto de vida en sociedad? ¿Qué sociedad estamos construyendo hoy y cómo será en el 2040? ¿Qué está pasando realmente en los sistemas educativos de los países de América y Europa latinas? ¿Dónde comienza y dónde termina la educación pública, laica y gratuita?

Ya es tema sabido que los sistemas educativos públicos surgidos con el Estado-Nación de la era industrial, sobreviven en un contexto de acelerados cambios sociales, tecnológicos y culturales y al constatar que cada año le resulta más difícil cumplir su misión primordial de reproducción social y cultural de las nuevas generaciones, se vuelven un poco más conservadores y más autoritarios. Realidad que atraviesa a varios países de América Latina y Europa. Muchos ciudadanos nos interrogamos cómo contribuir para que la escuela pública –desde la inicial a la universitaria- pueda continuar educando y preparando los recursos humanos para el trabajo, la gestión pública y la vida en sociedad, con los principios y valores forjados en las sociedades democráticas. Es decir, preservar lo que se ha avanzado para bien en los dos últimos siglos.

Una inmensidad de temas relacionados con la educación son hoy objeto de foros, seminarios, informes técnicos, artículos y declaraciones de los equipos gerenciales, expertos y políticos que analizan y discuten sobre las causas, detalles y datos cuantitativos. Un océano de informaciones donde se está haciendo difícil navegar para el ciudadano común. Todos son temas muy pertinentes y todos contribuyen con un aspecto interesante, pero la crisis continúa. Se multiplican semanalmente las bibliotecas sobre temas como abandono estudiantil, calidad y equidad educativa, niveles de aprendizaje, indicadores de evaluación, contenidos curriculares, perfil de egreso, competencias, valores, formación docente, vínculo con el mercado, gestión, costo por alumno, desorden y violencia en los centros educativos. En los hechos, esta búsqueda y esfuerzos no han podido encontrar soluciones ni proponer alternativas que funcionen. A todos nos resulta muy difícil aceptar que el modelo educativo está cambiando y que en realidad, a los estudiantes les resultan cada vez más irrelevantes y aburridos los contenidos y que el formato áulico ya no entusiasma ni conforma, al contrario, es sentido como una imposición autoritaria. La institución educativa pública se vuelve insensible ante la vivencia cotidiana de sus estudiantes, se desdibuja como referencia ética, y se vuelve permeable a las leyes del mercado, y hoy, la ética, la moral, los valores, terminan siendo tratados también como una mercancía más. La “educación en valores” pasó a ser tema de moda, un ‘plus’ que se inyecta con algunas clases teóricas en instituciones públicas y privadas.

Modelo propedéutico y recortado

Sumergidas en esa lógica del mercado dominante, las instituciones educativas ofrecen y exigen a las nuevas generaciones de niños y adolescentes el desarrollo casi exclusivo del plano mental, intelectual, como el único que importa en la educación del ser humano. Esta lógica habilita y promueve la inteligencia competitiva, la astucia, la picardía y el egoísmo y el individualismo, y se presenta como la única vía para alcanzar la realización personal, la plenitud, el éxito, la riqueza, la felicidad. En la realidad cotidiana, los otros planos de actividades y potencialidades creativas del ser humano ocupan un lugar secundario en este modelo, son derivados a otros espacios separados y distantes, se brindan muy recortados o no son accesibles para todos. Así, áreas y disciplinas como las manualidades creativas, el yoga, la recreación y el deporte, la cultura y las artes, las artes marciales, el eco-naturismo, el conocimiento de sí mismo, el desarrollo emocional, son un privilegio y una oportunidad sólo para algunos. Este modelo escolar –todavía cartesiano y propedéutico- no valora ni promueve otras áreas de aprendizaje, cuya oferta y gestión se realiza desde el sector privado para los que tienen recursos.

Una educación integral incluye todos los planos de actividades humanas y se abre a una diversidad de disciplinas, y lo hace sin dogmatismos, para que puedan articular y complementarse entre sí en forma creativa, para que exista una multiplicidad de opciones. El ser humano en su complejidad y diversidad, dispone de inteligencias y potencialidades múltiples que deben ser habilitadas para desarrollarse en plenitud, y la educación tiene la responsabilidad y el desafío de respetar vocaciones, sensibilidades e intereses de cada individuo.

¿Quién se ocupa de la educación moral y emocional?

La familia y la escuela vienen atravesando situaciones de crisis sostenida en las últimas décadas, no están pudiendo cumplir con sus roles tradicionales de educación en el plano moral, cultural y emocional, brindar los conocimientos y afectos pertinentes y equilibrados, que no sean limitados o tergiversados por el consumismo y las leyes del mercado, ni por fanatismos ideológicos o religiosos. Niños y adolescentes encuentran dificultades crecientes para desarrollar la confianza en si mismos, en su familia, en sus referentes adultos, en sus docentes. El déficit en educación emocional es alarmante. Los conocimientos, ejemplos y modelos que les llegan del mundo adulto son inconsistentes, contradictorios y confusos, cuando no dogmáticos y excluyentes. Es comprensible que crezca la apatía, el desconcierto y la duda nihilista. O el fanatismo, en sus variantes, política, deportiva, ideológica, religiosa. En ese contexto, ¿cómo pueden definir un proyecto de vida, en el que este claro el lugar de los estudios, el trabajo, la familia, la solidaridad y la justicia? ¿Cómo les podemos pedir equilibrio emocional si los adultos no sembramos antes, si ya no sabemos cómo educar en este plano? Luchamos ayer contra los límites de nuestros mayores y hoy no sabemos reconstruir nuevos para nuestros hijos.

Son muchos los ciudadanos, docentes y estudiantes que a nivel mundial se preguntan -nos preguntamos- qué se puede hacer para mejorar la educación, aquí y ahora. Los inquietos, los solidarios, los que luchan por un ideal, los simplemente rebeldes, constituyen el principal factor de desarrollo cultural que disponemos en el planeta, y es imprescindible habilitar nuevos espacios para pensar, soñar y organizar otra educación. Tienen –tenemos- la responsabilidad y el derecho a participar en la definición de la educación del presente y para las próximas generaciones. Pero eso se debe hacer en libertad, usando la creatividad, la innovación, el trabajo colectivo, la experimentación, las NTICs, el diálogo sincero, habilitando en lo posible la participación de familias e instituciones de la sociedad civil, que asuman la tarea. Sin dogmas, ni prejuicios, sin formatos preestablecidos. Desde la consciencia de que todos estamos aprendiendo y reaprendiendo.

Pacto educativo y cultural

Hace falta definir qué sociedad estamos construyendo, qué educación proponemos. En ese sentido la sugerencia es trabajar para construir un acuerdo global y duradero en educar para la vida. Es decir, una educación que prioriza las habilidades y valores para vivir en libertad y en dignidad, convivir en un barrio, ciudad, país, en la aldea global que compartimos y construimos juntos. Es un pacto cultural y educativo, que deberá corresponder a la capacidad de participación libre, consciente e inteligente de los seres humanos. Entre muchas cosas esto implica que la educación en competencias laborales para ganar un salario, estará presente pero supeditada a la primera, donde la prioridad sea el ‘buen vivir’ de los pueblos americanos. La propuesta a construir debe asegurar espacios educativos inclusivos y flexibles para que cada ser humano, en cualquier etapa de su vida, sienta el aprendizaje como un espacio de libertad y crecimiento, donde sea posible investigar, conocer, experimentar el mundo que lo rodea y su propio mundo interior, que conozca sus intereses y sus deseos, que pueda reconocerse como ser único e insustituible que convive con otros semejantes. Seres humanos más conscientes de sí mismos y de su entorno, que tratan de ser mejores en el mundo que les toca vivir, con proyectos de vida que les permitan ser felices y convivir en libertad.

Educación, religión y laicidad

La educación pública por su esencia democrática, laica, gratuita e inclusiva, es un poderoso e insustituible factor de desarrollo y evolución de la humanidad. Aún con sus limitaciones, sus incoherencias, y sus crisis actuales, ha pasado a ser un derecho indiscutible para todos. Sin embargo, en los procesos de discusión y reformas educativas en curso, se han revitalizado antiguas posturas dogmáticas entre creyentes y ateos, que poco y nada contribuyen a la construcción colectiva y confunden aun más la tarea educativa. En América Latina, instituciones y personalidades religiosas y laicistas discuten la definición de laicidad. Es interesante ver a representantes de la Iglesia Católica opinar sobre una laicidad ‘positiva’, en un intento de recuperar el concepto. En Europa, laicistas y religiosos discuten públicamente sobre el origen del Universo, la subvención estatal de las instituciones religiosas, y el uso de símbolos religiosos en las escuelas públicas. Algunos militantes ateos, al defender sus ideas laicistas frente al clero conservador, caen en el dogmatismo al confundir religión con espiritualidad y descalifican toda expresión y vivencia de la conciencia íntima y en los hechos, desde su ignorancia, se comportan exactamente igual que las religiones e ideologías totalitarias al atentar contra la libertad de consciencia de los individuos.

Superar los dogmatismos

La educación pública, instrumento político de la equidad social, de la democracia y convivencia ciudadana, en su respeto por la diversidad de opiniones, no puede ni debe asumir posturas excluyentes sobre el origen del Universo, no le corresponde elegir ni defender que es obra de una divinidad, o que es resultado de la evolución natural de la materia y de la vida. Ambas posturas, en sus contribuciones y en sus dogmatismos, son un producto de la historia de la humanidad y desde un análisis reflexivo y distanciado podemos explicar su existencia y permanencia en nuestras sociedades. La escuela pública al ser laica, acepta la diversidad, recibe a los diferentes y propone la convivencia y el respeto mutuo entre las diversas creencias, religiosas, agnósticas y ateas, sin asumir ni propiciar a ningún sistema filosófico, ideológico, religioso, o moral, en particular. La educación de las nuevas generaciones debe trascender, superar esta dualidad dogmática, sin negarla, desarrollando y vivenciando el principio de la libertad de conciencia, que es la más humana de todas las libertades.

Conócete a ti mismo

Por eso mismo, siendo independiente de toda organización o sistema de ideas filosóficas, religiosas, ideológicas, políticas, la educación pública debe habilitar, cultivar, la vivencia íntima, laica, autentica de todo ser humano. Se le llame espiritualidad, conciencia despierta, libertad de pensamiento, o como se llame, creyentes y no creyentes, niños o adultos, obreros o profesionales, pobres y ricos, todos tienen las mismas capacidades y potencialidades para conocerse a sí mismo, y en una ida y vuelta comunicarse íntimamente con su propia conciencia, para apropiarse y aprender de esa vivencia que nos llega y nos moviliza en un instante. Contribuir en esos aprendizajes de lo íntimamente humano, en su justa medida, para su equilibrio y crecimiento personal, es una de las tareas de la educación, y así todos los seres humanos podrán tener la oportunidad de cumplir con el antiguo mandato del Templo de Delfos del “Conócete a ti mismo”.

Sea cual sea nuestro lugar en la sociedad, todos podemos contribuir para que la educación pública vuelva a ser “el sol que alumbra a todos por igual”, sin discriminaciones de ningún tipo. Para que sea garantía de la democracia, la justicia social, el respeto y la convivencia en la diversidad, de las oportunidades educativas para todos y fundamentalmente para que la libertad de conciencia sea práctica cotidiana de todos los seres humanos.

Luis Guirin, sociólogo, trabaja en Vida y Educación, Barros Blancos, Uruguay. 11 Setiembre 2014

 

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