121206 – Ponencia de Néstor Ganduglia para CERCANÍAS-MIDES – “LAS OTRAS CERCANÍAS: Dimensiones olvidadas de la intervención”


No tenemos recetas, ni siquiera “buenas prácticas” o éxitos demasiado relevantes. Unos pocos meses después del inicio de nuestra labor de campo, apenas podemos señalar algunas dimensiones de la intervención que no han sido motivo, hasta hoy, de las numerosas Jornadas que nos reúnen, pero que pueden constituir potencialidades poco exploradas para promover movimientos significativos en las expectativas de cambio en las familias asignadas, o bien obstáculos incomprensibles si no se les tiene en cuenta. Para ello, pondremos como ejemplo dos familias de las más de 30 recibidas hasta hoy. Dos familias reales, constituidas por personas de carne, hueso y alma, cuyos nombres nos reservamos pero que aportarán valiosas pistas.

Amalia Queiroz de Magurno es madre de tres hijos varones y dos jovencitas mellizas. Su marido trabaja muchas horas en una empresa cercana, y el vínculo con su familia se había ido reduciendo a suministrarles la comida diaria, invariablemente pan con mortadela. Es que Amalia, su mujer, está enferma de esquizofrenia, evita todo tratamiento y su carácter es tan imprevisible que la mayor parte de su familia rehúye estar demasiado tiempo en su casa, a excepción de Rosa, una de las mellizas de 15 años, que optó por la medida contraria: hace dos años enteros o más que está encerrada en su estrecho cuarto, y apenas sale de él para ir al baño o recibir el inevitable pan con mortadela. Con esfuerzo de madre, la doctora de la policlínica zonal logró, tras muchos meses de paciente insistencia, que Amalia permitiera que le suministren medicación. Ha mejorado mucho. Nuestra intervención como equipo se centró inicialmente en resolver algunas urgencias: tramitar carnés de asistencia para toda la familia, integrar al hijo mayor a la Casa Joven, iniciar la interminable gestión de una pensión para Amalia por discapacidad para trabajar. De inmediato, nuestras preocupaciones se concentraron en la joven Rosa. Hablamos sobre ella con su madre, con su hermano mayor, con una tía cercana, procurando con paciencia un acercamiento progresivo que finalmente, tras un par de semanas, tuvo su recompensa: una tarde, Rosa nos permitió entrar en su sagrado territorio. Hablamos con ella, procuramos convencerla de la importancia de un control médico, e incluso logramos que nos sonriera y nos prometiera salir con nosotros a tomar un helado.

Esa misma semana, el señor director de Salud Mental decidió que era extremadamente urgente intervenir en el “Caso Rosa Magurno”, pese a que su encierro figuraba ya dos años atrás en todos los informes. Llegó hasta su casa con otros dos profesionales, y como la joven se negó a recibirlos, decidieron que la intervención sería compulsiva. Entraron a su dormitorio, le suministraron un inyectable antipsicótico, y en breves momentos le diagnosticaron esquizofrenia. De nada sirvió que le explicáramos al doctor que estábamos procurando generar un vínculo de confianza con la joven y su familia, que estábamos ya alcanzando los primeros logros, que nos era fundamental obtener la cooperación de la jovencita por su propia voluntad. No cuestionamos la pertinencia del diagnóstico, y hasta nos admiramos de que una esquizofrenia adolescente pueda diagnosticarse en un lapso tan breve. Ni siquiera discutimos la necesidad de medicación, ni la justificación del jerarca médico de que “lo hacemos por su bien”. Pero sí la súbita inmediatez de la intervención forzada, ignorando el marco de un proceso en el que, a nuestro juicio, el sujeto era la familia y su entramado vincular, que la jovencita necesita como espacio continentador de su propia superación quizás con más urgencia que los químicos antipsicóticos. Y ello, sin querernos imaginar las consecuencias de un estigma de esquizofrenia en una jovencita de 15 años y en una familia ya demasiado dañada.

El amargo episodio de los Magurno Queiroz nos ayuda a poner de manifiesto una de aquellas dimensiones subestimadas de la intervención social: la dimensión subjetiva e intersubjetiva, es decir, vincular. Imprescindible ámbito de trabajo sin el cual nuestra intervención quedaría reducida a correr entre ventanillas, a una sumatoria de prestaciones sociales que mejorarán aspectos parciales de la realidad familiar y alimentarán las estadísticas sobre la superación de la pobreza, pero no representarán, por sí solas, una perspectiva de cambio en el plazo mediano, una ruptura de estereotipos que liberen a la familia de sus propias ataduras. Más bien, tenderán a consolidar la situación de dependencia, a incrementar el estigma y alejar las esperanzas de una asunción protagónica y sostenible del proceso de cambio.

Amartya Sen, laureado con el premio Nobel de Economía por poner en duda que el progreso y el bienestar tengan que ver solamente con la renta per cápita y el incremento de la capacidad de consumir, describía las condiciones habilitantes para el ejercicio de los Derechos Humanos. Y en primer lugar de esa lista de condiciones habilitantes, ponía la consideración del Otro como Sujeto real y único, es decir, no un abstracto objeto de políticas sociales, sino un Sujeto con sus propias maneras de ver la realidad y de intervenir en la estructura vincular que lo sostiene. Ésa es, a mi modo de ver, nuestra principal tarea: oficiar de terceros, transformar la dicotomía en un problema abordable, habilitar procesos de ruptura con los estereotipos de conducta que inmovilizan la situación del Sujeto y su familia, fortalecer la trama vincular de sostén de esos procesos para mitigar los miedos implícitos en todo proceso de cambio y aceptación de lo nuevo. Éste último punto es crucial. Pichón Rivière afirmaba que esos miedos pueden reunirse en dos grandes tipos:

1)      el miedo a la pérdida (al que llamaba “ansiedad depresiva”), y que consiste en el temor de perder lo conocido. Para la joven Rosa Magurno, el encierro en su breve dormitorio fue una forma eficaz de protegerse del “mundo exterior” que la agredía constantemente de mil formas diferentes. Una inyección forzada no apaciguará ese miedo, y más bien se constituirá en otra confirmación del carácter agresor del mundo exterior, solidificando el estereotipo de conducta sin proponer una solución alternativa.

2)      el miedo al ataque (o “ansiedad paranoide”), temor a ser dañado o dañada por la situación nueva. Su aplicación al caso de Rosa y su familia no requiere, por obvia, mayores explicaciones.

Aun siendo las prestaciones una herramienta imprescindible, ninguna tarjeta de alimentación, AFAM o pensión lograrán, por sí mismas, reducir la intensidad de estos miedos que a menudo paralizan los procesos de cambio en estereotipos de conducta que protegen a los sujetos pero los condenan a quedar atrapados en sus propios recursos defensivos. Hacen falta acciones (a menudo sencillas en extremo, como la invitación a Rosa a tomar un helado, pero de una magnitud gigante en el marco de la tarea) para iniciar procesos de promoción de una actitud creativa.

Vale la pena destacar que no hablamos de “creatividad” en términos artísticos o de producción de novedades al estilo de los creativos publicitarios, sino de la capacidad de reconocer aspectos “siniestros” (al decir de Freud[1]) y hacer algo nuevo con ellos. En otras palabras, romper los estereotipos de conducta y “lanzarse al vacío” de lo no conocido y lo diferente. Es en este sentido que el Programa Cercanías tiene su mayor potencial. Porque nadie genera vínculo humano con el Estado. La principal cualidad del Equipo ETAF consiste, justamente, en ser agentes de humanización de la imagen del Estado, una mano viva que se tiende para facilitar la superación de los miedos, siempre que se cuente con el tiempo y la paciencia necesarios, y que el propio Estado no intervenga en el camino pateando el tablero “por su propio bien”, como decía el ilustre doctor de marras. Porque es ese tipo de intervenciones estatales de control lo que hace que un patrullero entre por Capitán Tula a proteger al barrio y los vecinos lo agarren a pedradas.

Para promover estos procesos creadores, estos viajes de liberación a través de lo siniestro, contamos con un recurso quizás subestimado, pero extraordinariamente caro tanto para las familias con que trabajamos, como para la estrategia que procuramos implementar: los sueños de la gente. No hablamos de las metas objetivas, ni las acciones racionales, ni las estrategias académicamente elaboradas. Los sueños. Son ellos los que tercian, en las subjetividades de la gente, entre la situación estereotípica actual y la posibilidad de cambios en el sentido del bienestar. Son los sueños quienes representan puertas de salida emergentes del corazón. Y aquí es donde entra otra cercanía de inestimable valor, pero poco presente en nuestros discursos hasta ahora: la cercanía cultural.

Los García Londoño son una familia de campesinos que llegaron hace dos años al Uruguay escapando de la violencia armada en Colombia, su país de origen, tras haber asistido al asesinato de muchos de sus familiares y vecinos. Llegaron al país amparados por ACNUR, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, que les proporcionó una pensión para que morasen en Montevideo durante un año, tiempo en el que la familia adquirió algunas pertenencias básicas y procuró superar su condición. Pero Manuel García y su esposa Carmen Londoño, padres de cinco hijos de entre 2 y 10 años, no lograron (pese a sus esfuerzos) obtener en ese tiempo más que changas y empleos transitorios. De modo que agotado el año de pensión y sin poder seguir pagando el alquiler de su apartamento montevideano, debieron instalarse en un predio baldío y construir allí una precaria habitación de costaneras y chapas, a escasos metros de una cañada que se desborda cada vez que llueve. Allí, ambos padres lidiaron juntos con la escasez, la nostalgia de su tierra lejana, y la necesidad inmediata de obtener un empleo estable. Nuevamente, tras un año de esfuerzos continuados, no lograron sino changas en los más diversos rubros: limpieza, jardinería, vigilancia, albañilería. Llegó el invierno, y las continuas inundaciones de la vivienda produjeron en Manuel una neumopatía con secuelas serias, y tanto su esposa como su hijo más pequeño ya tienen síntomas similares. La precaria casita ha ido creciendo por el constante afán de mejora de los padres: una chapa, algunas maderas y mucho empeño lograron dos habitaciones más. Un contenedor de escombros comprometido por la oficina municipal local para contener las inundaciones, jamás llegó. En medio de toda su lucha, los García Londoño tuvieron que cambiar a todos sus hijos de escuela, porque en la que estaban fueron, según relatan, sospechosos permanentes de ser tontos por campesinos y narcotraficantes potencialmente peligrosos por colombianos.

Cuando el Equipo realizó su primera visita y escuchó el relato de la pareja, se elaboró una estrategia de emergencia para obtener ayuda alimentaria, sobre todo para los más chiquitos que muestran síntomas de malnutrición. Pero de inmediato, comenzamos a imaginar con ellos una estrategia de salida. Aunque la obsesión de los padres era obtener un empleo estable, nosotros les replicamos con una intuición un poco loca: quizás la familia debía volver al campo, reinsertarse en el medio rural. Las miradas de la pareja se iluminaron instantáneamente, como si al fin un rayo de luz les devolviera la vida. Carmen, que había permanecido callada, súbitamente empezó a hablar y sonreír, mientras Manuel describía con orgullo todos sus conocimientos acerca de la agricultura, la crianza de animales y la certeza de que con un pedacito de tierra, sus hijos jamás volverían a pasar hambre.

De inmediato nos pusimos a trabajar. Rápidamente, la perspectiva de apelar a Colonización se reveló tan accesible a corto plazo como un viaje a Venus, así que procuramos explorar los vínculos personales. Un amigo de otro amigo nos llevó a una organización de familias productoras de Florida, y de ahí a la dirección de la UTAA, los cañeros de Bella Unión. La receptividad del sindicato rural no hubiera podido ser más amable y solidaria. En pocos días, obtuvimos el dinero necesario para que la pareja viajara a evaluar su posible reinstalación. El campo es grande, y la gente comprometió manos y herramientas para ayudarles, pero la vivienda que les ofrecen es quizás más precaria todavía que la actual. Eso no impidió que los García Londoño, tras meditarlo con mucha sensatez, decidieran que ése debía ser su destino. Hoy estamos luchando por obtener los recursos mínimos para facilitar su traslado y mudanza.

¿Constituye la nueva solución un avance significativo para la familia? Objetivamente, no. A la precariedad de la vivienda se suma la incertidumbre del lugar desconocido y del relativo aislamiento rural. ¿Por qué, entonces, el entusiasmo de los García Londoño? Porque la meta propuesta no es económica, sino cultural. Se trata de cambiar un ámbito urbano al que jamás lograron adaptarse pese a los infatigables esfuerzos de dos años enteros, donde nunca alcanzaron a sentirse alguien, por un espacio rural donde todos los saberes, valores y cosmovisiones de la familia vuelven a adquirir un sentido que va más allá de la supervivencia. Significa reconstruir-se a partir de cimientos sólidos que trajeron en el alma desde que salieron de su Colombia. Aquí, en la inútil obsesión por resolver inmediateces, obteníamos canastas de alimentación que los García Londoño miraban con desconfianza. No tenían idea de qué cosa es la polenta, y para una familia campesina que se despertó ordeñando cada mañana de su vida, darle leche en polvo a los hijos es tan impensable como alimentarlos con plástico. ¿Es eso ignorancia? No: son legitimidades de otro marco cultural. Se trata, entonces, de dignificar conocimientos, modalidades de vincularse, de volver a sentirse personas. En otras palabras, en medio de la tormenta de urgencias, miedos, desarraigos y prejuicios, creímos entrever un sueño. Y ni bien lo tocamos a ciegas, ese sueño tomó las riendas.

Quizás mi más insistente objeción al modo en que suelen pensarse los programas sociales, es que éstos parten, las más de las veces, de las carencias de la comunidad. Hablamos de familias carentes, comunidades o barrios carenciados. Las políticas se diseñan desde la necesidad de llenar un vacío, y a menudo (de la mano de nuestro horror al vacío) lo llenamos con nuestras propias necesidades, o lo que concebimos como tales, sin intentar siquiera adivinar cuáles son las necesidades del Otro o la Otra, en la presunción de que nuestras concepciones son indiscutiblemente objetivas. Pero si logramos (como suelo decirlo) bajarnos del caballo del Conquistador, es en ese cotidiano ejercicio de empatía que uno descubre sobre el terreno que no existen las familias carentes, los barrios o las comunidades carenciadas. Que concebir una política desde allí, no es sino volver a fortalecer el estigma y la dependencia eterna de la ayuda estatal. No negamos que tengan carencias, pero yo también las tengo, y hasta jugaría a pedirles a todas y todos ustedes que levante la mano quien no las tenga. El problema es definir a la gente por sus carencias. Toda familia, barrio, comunidad o sector social tiene una carga enorme de aprendizajes, saberes, tradiciones, espiritualidades, ritualidades, valores y prácticas heredadas o alcanzadas en su propia historia de vida, que constituyen esa estrategia a la que llamamos “cultura”, suficientemente eficaz como para lograr la supervivencia en condiciones en las que nuestras propias familias sucumbirían en cuestión de días. ¿Cómo no partir de esas riquezas de la comunidad, en lugar de insistir permanentemente en sus vacíos y carencias?

Y aquí entramos en la última de las cercanías olvidadas de las que habla el título de esta exposición: la cercanía comunitaria. De haber apelado únicamente a las prestaciones sociales y a las redes institucionales en las que se ha insistido en estas Jornadas de capacitación, hubiera significado para los García Londoño seguir prolongando la ya interminable apelación a recursos económicos estatales y una apuesta a movimientos por parte de instituciones que tienen sus propios ritmos, a menudo a contrapelo de las urgencias sociales pese a las buenas voluntades puestas al respecto. Organizaciones, movimientos sociales e, incluso, redes personales (como ésa a la que echamos mano hasta llegar a Bella Unión) pueden movilizarse con otra rapidez, son a menudo sensibles a las tragedias ajenas que requieren solidaridad urgente, y muy importante: suelen ser más estables que los gobiernos y mucho más que las estrategias políticas. No poseen los grandes recursos del Estado, pero nadie puede dudar de que el más modesto club de babyfútbol del barrio puede ser un ámbito de enorme eficacia a la hora de brindar continentación al niño, aportar a su crecimiento con valores de colectividad, articular esfuerzos de familias y promover la capacidad de trabajo en equipo. Por el contrario, la apelación solitaria a las redes institucionales sólo tiende a sustituir la capacidad creadora de las redes y organizaciones comunitarias. Y en el largo plazo, a extinguirlas.

Quizás es el momento de superar, nosotros y nosotras también, nuestras propias estereotipias, e incorporar creativamente estas tres dimensiones (subjetiva-vincular, cultural, comunitaria) aunque aún no sepamos cómo ni qué hacer con ellas. Al menos, apelar a ellas en la medida de que no se terminen constituyendo en obstáculos en lugar de recursos valiosos. Y reconocer que aún con nuestra honrosa jerarquía de agentes del Estado, tenemos que ser capaces de reconocer que a la hora de abordar una familia, no sabemos qué cosa es el bienestar ni cuál será la dirección de su Progreso. Más allá de los dispositivos más o menos eficaces que podamos inventar en nuestro afán por construir una sociedad más justa, la única estrategia verdaderamente posible es confiar en la gente.

Néstor Ganduglia

ETAF Barros Blancos-Pando

Vida y Educación


[1] FREUD, Sigmund (1916): “Lo siniestro”. ((()))

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